Turcos y grecochipriotas se dan la mano en la ciudad fantasma de Varosha

En Varosha, una ciudad fantasma aislada por el ejército turco desde 1974, alrededor de cincuenta grecochipriotas y turcos se dan la mano para formar una cadena humana y manifestar por la reunificación de Chipre.

“Estamos frente a las casas que nos fueron robadas hace 47 años para afirmar que los turcochipriotas son nuestros amigos, luchamos por un país reunificado”, declara Nikos Karoullas.

En un principio, este sexagenario, antiguo habitante de Varosha (costa este de Chipre), quería hacer visitar el viernes a sus amigos la ciudad de su infancia.

Pero la invitación comenzó a circular por los cuatro rincones de esta isla dividida entre griegos y turcos, movilizando a gente de ambas comunidades para mostrar su apoyo a aquellos que tuvieron que marcharse de sus casas en 1974, dejando todo detrás.

El 20 de julio de 1974, Turquía invadió Chipre como respuesta a un golpe de Estado de los nacionalistas grecochipriotas que pretendían unirla a Grecia.

Desde entonces, la isla está dividida por una línea de demarcación: al sur, la República de Chipre, de mayoría grecochipriota, que pertenece a la Unión Europea; en el tercio norte, la República Turca de Chipre del Norte, habitada por turcochipriotas y solo reconocida por Ankara.

En Varosha, que antes de la invasión turca era un sitio muy turístico, la vida se detuvo. Desde 1974, la ciudad se encuentra bajo control directo del ejército turco, cercada por alambradas y vacía. Sin sus habitantes, la vegetación prolifera y las buganvillas crecen a través de los tejados.

Pero el 8 de octubre de 2020, las autoridades, que cuentan con el apoyo de Turquía, decidieron despertar a esta perla dormida y decretaron la reapertura de la avenida Dimokratias, que atraviesa la ciudad y conduce a la inmensa playa que le dio fama en el pasado.

– “Ganas de gritar” –

Este martes, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, visitará Varosha, donde debería anunciar la reapertura de nuevos sectores de la ciudad, según los analistas.

Un duro golpe para sus antiguos habitantes, como Andreas Anastassiou, de 67 años, que apenas puede controlar su rabia.

“Veo nuestras casas en ruinas y me dan ganas de gritar, que mi grito se oiga en todo Chipre”, dice. “Nos robaron nuestra ciudad”, agrega.

Según un sondeo realizado por la Universidad de Nicosia, que interrogó a 1.000 exhabitantes de Varosha, el 73% rechazaría reinstalarse en la ciudad si, una vez abierta, estuviera bajo control de la administración turcochipriota.

“Convirtieron la ciudad en inhabitable. Es fácil para ellos proponernos volver porque saben que diremos que no. Rechazamos vivir bajo la ley turca”, dice Anastassiou.

La ONU se opone a las medidas unilaterales turcas.

A sus espaldas, un obrero turco cimenta, indiferente, un muro: “Es mi antigua escuela”, confiesa, antes de alzar la voz: “Miren, ¡ya han borrado el nombre!”.

– Fantasmas –

A pesar de esta deshabitada, el ruido volvió a Varosha: el baile de jardineros y obreros es casi incesante ante la visita del presidente Erdogan, todo tiene que estar listo en la avenida Dimokratias.

El calor sigue apretando a la caída de la tarde, por lo que la cadena humana de chipriotas se toma un respiro y se deshace brevemente. Al mismo tiempo, policías turcos se acercan al grupo: está prohibido manifestarse en una zona militar.

Antes de irse, Yilderim Hasoglu, un amigo desde hace años de Karoullas que vino para “mostrar su solidaridad”, lanza una última mirada a su alrededor: “Solo veo muerte y dolor, un inmenso desperdicio”, se lamenta.

Los habitantes de Famagusta (Gazimağusa, en turco), de la que Varosha es uno de sus distritos, recorren junto a los turistas este extraño museo a cielo abierto. Más de 200.000 personas visitaron Varosha desde su reapertura parcial, según las autoridades de Chipre del Norte.

Bajo su gran sombrero de playa, Goodness, estudiante nigeriana, vio unas fotos en Instagram y quiso enseguida “venir a ver si era cierto”.

“Da miedo: ¿y si hubiera fantasmas aquí?”

Para Nikos Karoullas, los espectros nunca dejaron la ciudad. Su mirada nostálgica se posa sobre el Edelweiss, un café cercano a la escuela donde estudió, la misma a la que iba Andreas Anastassiou.

“Veníamos a tomar algo después de clase, para bailar y ligar”, recuerda con una sonrisa. “Muchos encontramos el amor aquí”.

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